Pues sí… el “Instituto Coca-Cola de la Felicidad” existe

PLANTEAMIENTO DE LA CUESTIÓN

Lo primero que llama la atención es una obviedad: ¿Cómo puede existir un sitio que se llame “Instituto Coca-Cola de la Felicidad”…? Al menos no le han puesto el nombre de “Academia”, al estilo de “Academia de corte y confección”; muchos se habrían rasgado las vestiduras.

Podría entenderse, por ejemplo, sin necesidad de elevarlo a la categoría de “Instituto” (cosa que refleja su vocación institucional), pues que a la “Junta General de Accionistas” de tal empresa se le llamara “Junta de la Felicidad”… sobre todo cuando el Órgano competente, en sus juntas ordinarias, comunica a tales accionistas los dividendos que ese año van a percibir. No imagino una Junta más feliz. Pero no… al parecer, no van por ahí los tiros. Y no sólo no van por ahí, sino que el 1º Congreso Internacional de la Felicidadya ha sido celebrado. Como con otras cosas, aunque suene mal: «para mear y no echar gota».

Gracias a una de esas casualidades que sólo se dan de lustro en lustro, y no todos, acaso por alguna alineación de astros imprevista, vino a caer en mis manos uno de esos suplementos que suelen acompañar a algunos periódicos de tirada nacional; concretamente el de “El Mundo” del 09 de enero de 2011. No es que tenga nada en contra de los periódicos o suplementos, mucha gente dice leerlos; éste yo lo he leído… (no todo, claro está; era superior a mí). El objetivo, debo reconocer, era ver qué tipo de alucinaciones decía el “incalificable” nihilista Antonio Gala, con un disfraz del General Tariq Ibn Ziyad; el vencedor de la batalla de Guadalete y que echó a los Godos del Oeste (Westgoten; distintos a los Godos del Este, Ostgoten), que en ese momento pasaban por aquí, conquistando casi toda Hispania. Como es lógico, una vez el disfraz se le subió a la cabeza, aseguraba que él habría luchado al lado de Tariq; como supongo habrían hecho muchos otros (al fin y al cabo, los godos eran germanófilos). Pero esto es otra historia.

Lo que nos ocupa es el Congreso en sí y el pedazo de página que se le otorgaba; aunque no se puede asegurar si se trataba de un anuncio gigantesco de Coca-Cola u otro tipo de panfleto. En todo caso, la publicación, prometía cinco entregas más en las que irían descubriendo sus principales conclusiones.

«El Instituto de la Felicidad fue creado por Coca-Cola hace tres años con un doble objetivo: investigar y difundir conocimientos en materia de felicidad.» Así reza el encabezado. Y sigue: «Prestigiosos expertos [debemos suponer que “en ser felices”] como Eduard Punset, Javier Urra o Bernabé Tierno colaboran habitualmente con este proyecto pionero que recientemente ha celebrado su primer congreso.» ¡Acabáramos…! Ahora es cuando realmente se empieza a comprender el asunto… se empieza a comprender la “felicidad”.

La conclusión que tocaba esa semana es la número -4- (que nadie me pregunte porqué): «4. SER OPTIMISTA = SER FELIZ» [con un par]. «No es fácil, pero si intenta aplicar el optimismo, la ilusión y el buen humor en todos los momentos de su vida, incluso en los más delicados o difíciles, su dicha está prácticamente garantizada… [con otro par]. Así lo avalan numerosos estudios científicos y expertos como Eduard Punset o el catedrático de Educación para la Salud, Jesús Sánchez Martos, ponentes, entre otros, del primer Congreso Internacional de la Felicidad. Además, esa buena disposición ante la vida se asocia con un sistema inmunológico más potente y con una menor predisposición a sufrir trastornos asociados como la depresión o la ansiedad.»

¡…No hay palabras… mis ojos son dos cataratas…!

Para que no se note que tales “expertos” se lo llevan por la patilla: «ILUSIÓN POR LA VIDA. La alpinista Edurne Pasabán [que probablemente tenga más “pares” que muchos científicos y expertos de ese Congreso, juntos], durante su intervención en el primer Congreso Internacional y bla, bla, destacó la importancia del optimismo“cada uno tiene que hallar el propio camino que le hace feliz”…, “En la montaña aprendí a caer y a volver a levantarme, pero también experimenté lo que es llorar de alegría en cada cima”… Además, enfrentarse a la vida con una visión positiva, optimismo y buen humor “sólo depende de uno mismo”, añade. Ya sabe: si usted quiere, puede.» Esta chica (o señora; es compatible, pero uno no sabe), es la que acompañaba el 01 de junio de 2010 al Presidente de la República Bananera de España, ZP para los amigos, cuando éste decía: «Cuánto más duras parecen las cosas, más fortaleza parece nacer en nosotros…» Dado que las cosas no sólo parecen duras, sino que de hecho lo son, cabe suponer que esta República Bananera es de las más fuertes en todo el Mundo Mundial y Universal. Tampoco cabe ninguna duda que el Sr. ZP, por llamarlo de algún modo, después de descubrir la rueda, se le quedó ese tipo de sonrisa que suelen tener los más felices del planeta (de idiota; en su sentido etimológico: aquél que vive instalado sólo en sus propias ideas).

Pero no sólo hubo extremos blandos (Edurne Pasabán), sino duros: Gustavo Zerbino; superviviente del desgraciado accidente de avión en los Andes… y que gracias a “comulgar” con los muslitos de sus amigos pudo asistir a este Congreso: «¿La clave…? No quejarse. “En la cordillera de los Andes, el que se quejaba era un terrorista porque provocaba más dolor a los demás. Les invito a que dejen de escuchar a los que se lamentan, porque hay una gran diferencia entre quejarse y pedir ayuda”, explica el uruguayo.» Si no fuera por el respeto debido a quienes, con palabras de Jesús Quintero, han “catado” a un hombre, habría que explicarle a tal señor la diferencia entre la velocidad y el tocino (suponiendo que después del rito vivido le gusten otro tipo de cerdos…) (…ya se sabe: si quieres ver un cuerpo humano, abre un marrano…).

Estas declaraciones van acompañadas de lo que el anuncio de Coca-Cola denomina: «Datos para el optimismo»; en el que vienen a citar una cosa llamada “Escala de Bienestar Subjetivo de Ed Diener” [que imagino debe ser un señor] y que asegura que el 18,8% de la población, no dice si mundial o de Beverly Hills, se considera altamente satisfecho con su vida… y otro 24% en el tramo de los “ligeramente satisfechos”: «El mismo estudio afirma que el optimismo depende también de cómo les vayan las cosas a familiares. Un entorno de bienestar influye en nuestra felicidad y afecta a nuestra salud.» Después de descubrirnos, en este caso el fuego (recordemos que la rueda la descubrió ZP), lo que viene a decir tal estudio es que, por ejemplo, un minero del carbón, cuyos familiares son también mineros del carbón, es imposible que jamás sea feliz; dado que su entorno está muy alejado del bienestar y las cosas negras que la familia tiene en los pulmones posiblemente les afecten en su salud… pero no son esas cosas negras las responsables… la responsabilidad es de ellos… porque son “pesimistas”… y en algunos casos “terroristas”. Del restante 57,2%, que no se cita (ni siquiera debe aparecer en la “Escala”…), hay que suponer que no quieren ser felices… porque ya sabe: «si usted quiere, puede».

Aunque no lo parezca hay precedentes. No se trata de un nuevo derrape neuronal auspiciado por el Sr. Punset. Ya en 2009, el 13 de septiembre, en su blog dedicado a la metafísica más absurda y en su entrada “¿Somos como los demás europeos…?” citaba como fuente a este “Instituto”: «Enfrentados con la aseveración de: “Me divierto cada día con las pequeñas cosas de la vida”, el porcentaje diferencial de los españoles está significativamente por debajo del promedio europeo.» O dicho quizás de otra manera: «En España han caído las ventas de Coca-Cola… háganselo mirar…» Sinceramente pensé que se trataba de una broma…, como casi todas las cosas que este señor suele escribir, pero año y pico después, encontrar estas perlas en ese suplemento, exige un aumento de la preocupación.

Pero vamos a ver: ¿Qué pretende ahora el Sr. Punset…? ¿Ya se ha cansado de sus partículas endo-plasmáticas… o ya no le son rentables…? ¿Es que este señor no sabe que la mejor manera de lograr que la gente mire hacia atrás es decirles: “no miréis hacia atrás”…? ¿Es que no sabe que la mejor manera de lograr que la gente se enganche al Prozac es obligarles a leerse “Más Platón y menos Prozac”…? ¡Si el griego levantara la cabeza…! Más grave aún: ¿Desde cuándo en Coca-Cola saben lo que es “una cervecita”…?

LA FELICIDAD, ¿…ES UN MITO…?

Se desconoce, para esta narrativa, a qué otras conclusiones ha podido llegar este Congreso; pero se intuyen. De momento, la fórmula ahora sabida: «SER OPTIMISTA = SER FELIZ», bien podría compararse con otra de igual calado: «SER HUEVO = SER CASTAÑA». Puestos a decir lo que a uno le salga del escroto, se pueden decir tantas cosas, ¿verdad? ¡A cuál más feliz! ¿Cómo habría que tratar a estos verdaderos terroristas psicológicos… que sólo saben predicar el dolor y el sufrimiento… disfrazados de corderitos…?

Sorprende este fenómeno de los llamados “libros de autoayuda”; en los que habría que incluir también a estos “Congresos de la Felicidad”. Uno se queda de una pieza cuando ve tanto “pensamiento basura” suscrito por firmas en su día eminentes. Esto sí que es “terrorífico” y sólo puede entenderse cuando se asume que este tipo de mensajes sólo pueden ir dirigidos a débiles mentales.  Lo decente y lo que procura verdadera felicidad es arremeter contra este tipo de renombrados “para-científicos”, psicologistas y otras especies, por carecer de una formación clásica, científica o antropológica seria, y que en este terreno se comportan como puros aficionados. Punset a la cabeza, naturalmente. Se jactan con entusiasmo de vulgarizar el lenguaje para que sus reflexiones “lleguen mejor al público”… porque así los pueden inocular mejor. Si en lugar de bajar tanto el nivel obligaran a la gente a subirlo, no se lo “llevarían calentito” tan fácilmente.

Tenemos que suponer que todas estas “eminencias”, cuando giran en tomo a la idea de la felicidad, sólo pueden hacerlo entendiéndola en sentido psicológico; puesto que la felicidad tiene también un sentido político: el bienestar económico o el equilibrio social, totalmente compatible con la infelicidad personal de los ciudadanos.

Uno de los muchos modos de definirla, sería, la consecución que afecta a cualquier objeto empírico, siempre subjetivo (inmanente al sujeto deseante; no trascendente), que pueda ser apetecido por la facultad de desear, regulada por el principio del placer; la felicidad subjetiva ligada a la consecución del acto. El placer, la tranquilidad, o acaso simplemente la falta de dolor (la aponía o la anestesia) son también propuestos muchas veces como contenidos materiales, objetos, de este bien; la prudencia que nos enseña a obtener en la vida el máximo global de placeres y el mínimo de dolores. En otros casos, otras opciones psicológicas buscan el máximo global de dolores como objetos de este bien (un sádico, un masoquista, &c.)… dolor que, lógicamente, ellos definen de otra manera.

La felicidad predicada por estos “neo-pastores”, en el fondo unos reaccionarios, no tiene porqué ser necesariamente egoísta, tal y como viene en sus “catecismos”; puede ser altruista. Más aún, dado que el altruismo, si como canon de la moralidad se toma la felicidad de los demás, suele encaminar sus acciones a producir el máximo placer en los otros, la lectura que habría que hacer entonces de la misma “Escala” citada más arriba vendría a ser de este modo: el 18,8% de la población serían unos “absolutos sinvergüenzas”… y otro 24% se encontraría en el tramo de los “caraduras”. Esto se acercaría mucho más a la realidad que el producto de tanta masturbación mental de los “eminentes científicos” y que tanto gustito parece darles. El verdadero altruismo considerará como inmoral y como indecente el ideal de la felicidad individual. Es más, si alguien tuviera valor para decir hoy: «yo soy feliz», habría que echarle de comer aparte.

Un optimista verdadero encontrará más sentido a la fórmula: «SER OPTIMISTA = PRONTA IMPLANTACIÓN DE LA GUILLOTINA», que a otras diarreas mentales. De lo que se deduce que: «VER ALGUNAS CABEZAS SEPARADAS DE SUS TRONCOS = SER FELIZ»; que es, de hecho, lo que a buena parte del restante 57,2% le haría realmente feliz.

Con todo, este asunto es complicado y profundo; muy difícil de delimitar. El mito de la felicidad es algo muy importante para el vulgo. La masa de consumidores satisfechos cree firmemente en él. La gente quiere ser feliz. Todo el mundo quiere ser feliz, pero las opiniones sobre qué cosa sea eso de la felicidad son dispares y divergentes. Ya sabemos con Platón que la multitud no es filósofa (aunque el individuo, a la fuerza, tenga que serlo). El análisis que puede efectuarse de la idea de Felicidad y del Principio de Felicidad pone en juego muchos recursos teóricos; que no hay tiempo de abarcar ahora en su totalidad.  

La Idea de Felicidad es una Idea construida, una figura delimitada precisamente por la literatura de la felicidad y por “Institutos” como el que nos ocupa. La Idea de felicidad no es unívoca, porque no existe una Idea de felicidad, unívocamente delimitable, a la manera como existe el concepto de cuadrado o de triángulo. El Principio de Felicidad se formula de dos maneras, la débil y la fuerte. El «Principio de Felicidad» es una abreviatura del principio débil. El principio fuerte se llama «Supuesto de la Felicidad».

El «Principio de Felicidad», a secas, afirma que “todos los hombres buscan la felicidad”. El «Supuesto de la Felicidad» afirma que “todos los hombres son felices”. Estos dos principios de felicidad no están demostrados, son enteramente gratuitos; pero fundamentan el mito de la felicidad. Su importancia radica en lo siguiente: «Sólo aquella literatura de la felicidad que asuma el Principio de Felicidad puede ofrecer una Teoría general o una Doctrina general de la felicidad». Incluso una combinación de Teoría y Doctrina. El entretejimiento entre teorías y doctrinas de la felicidad dará lugar a lo que podría denominarse concepciones de la felicidad. El Principio de Felicidad no es científico. Por tanto, cuando más arriba se combina el optimismo y la felicidad: «Así lo avalan numerosos estudios científicos y expertos…», ¿qué debemos suponer que nos están contando…? Pues algo cuyo valor equivale a las “Leyes de Murphy”; la número 4.521 dice: «Si se rompe una cañería de tu cuarto de baño, la inundación de tu baño, o la del vecino, está prácticamente garantizada».

Este Principio de Felicidad está conectado con la cuestión del sentido de la vida y del puesto del hombre en el Cosmos; con el destino del hombre. El Principio de Felicidad afirma que el destino del hombre es la felicidad. Claro está que todo depende de cómo concibamos el destino del hombre o el puesto del hombre en el Cosmos. El Principio de Felicidad es inconsistente y algo más: la cuestión de la felicidad no es un asunto filosófico. No debe formar parte de la Filosofía. No puede considerarse como una cuestión fundamental de la Filosofía, o si se quiere, de la Antropología filosófica. Ocurre que si consideramos la cuestión divina, la única Felicidad es Dios (la beatitud; otra traducción del mismo término); alcanzable únicamente a través del cumplimiento de La Ley. Pero si no se la considera, entonces no hay sentido de la vida, no hay una jerarquía del universo y no hay un destino del hombre. Por tanto, en cualquiera de los casos, la cuestión de la felicidad es ociosa. No hay cuestión de la felicidad.

El ocuparse de la felicidad exige una concepción del mundo, una ontología y el análisis del puesto del hombre en el Cosmos. También es necesario precisar que el campo de la felicidad no sólo está poblado de contenidos felices o alegres, sino de contenidos contrarios a la alegría o a la felicidad, es decir, de contenidos infelices o tristes (la Pasabán subiendo montañas, por ejemplo). Por tanto, la expresión «todos los hombres desean la felicidad» no tiene ningún sentido concreto. El término «felicidad» es un término confusionario, oscuro. Cada cual lo interpreta como cree conveniente; es un predicado evolutivo o histórico, no fijo e intemporal: hoy esto nos hace felices… ¿y mañana…?

Al final, el principio de felicidad es una cuestión sentimental. El sentimiento de satisfacción puede ser común a todos los que utilizan el principio de felicidad. Sin embargo, el goce, la satisfacción, la alegría, no se han de confundir con el placer sensible. A decir verdad tal satisfacción es más un acompañante oblicuo de los valores de felicidad que un constituyente directo de esos mismos valores. La reducción de un valor de felicidad a su «disfrute» o «goce» es un psicologismo grosero, porque el valor de felicidad consiste, en general, en algo específico que suele estar situado en un espacio «más allá» del acto de disfrutar o gozar. Reducir la felicidad al placer es una forma de ignorancia; la tendencia a reducir la felicidad a sus componentes subjetivos (a sus efectos placenteros o deleitables del estado de ánimo), habrá de interpretarse como una grosera y perezosa reacción de quien se contenta con confundirlo todo en la niebla lechosa de la subjetividad. La interpretación psicologista de la felicidad puede ser simplemente un síntoma de pereza o de penuria intelectual («ese estado de idiocia que hace tan felices a los congresistas y expertos diversos»)

Eso de la felicidad es un resultado histórico de las sociedades de clase estatales: el ideal de felicidad puede aparecer en las sociedades diferenciadas con una estructura política tal, que haga posible la convivencia (en una misma nación o en naciones diferentes) de estratificaciones o clases sociales heterogéneas; situadas a alturas diferentes en cuanto a la cantidad y la calidad de su participación en los bienes disponibles de esa sociedad. Ya sea dentro de esa misma sociedad, como de esa sociedad respecto de otras sociedades. Si soy feliz porque he conseguido adquirir un diamante es porque han tenido que morir 5 ó 10 extractores de diamantes en alguna otra parte. Mi felicidad siempre será la desgracia de otro; por más optimista que éste sea.

Hay que denunciar la usurpación que de la idea de felicidad ha hecho la sociedad de mercado. Lo que se ha impuesto es el modelo norteamericano y sólo pueden ofrecer felicidad, individual o colectivamente, “quienes prometen el estado de bienestar”. Los que confiesan que la felicidad es tener un coche mejor, una casa a la última, &c., de hecho, no son más que “pobre gente, ovejas dentro de un rebaño”. Ahora ser feliz es un deber, y el que no quiere ser feliz es un degenerado a ojos de la sociedad. En otro tiempo, “la felicidad era cosa de plebeyos”; en la medida en que éstos decían haber conseguido la felicidad cuando emulaban o igualaban los bienes de los poderosos… por lo general con malas imitaciones… lo cual, a su vez, conduce al resentimiento… (Entiéndase que los más fuertes pueden ser los grupos constituidos por los más débiles, siempre que sean los más numerosos; para decirlo en terminología de papá Nietzsche: el rebaño. La moral burguesa, que es la moral del resentimiento, dice Nietzsche, tendría su fundamento en el «rebaño». Habría que distinguir, en todo caso, una «moral de los señores» y una «moral de los esclavos»).

Quien dice: «quiero vivir mi vida y ser feliz», podrá aproximarse, más o menos, a la consecución de su propósito; pero esa aproximación no justifica moral o éticamente su vida, ni le confiere el más mínimo sentido; antes bien, esa aproximación puede constituir razón suficiente para interpretar esa vida, psicológica o sociológicamente “feliz”, como una vida ética o moralmente repugnante. No se puede hablar, con sentido ético, de «vivir mi vida», excluyendo de esa vida a los demás. Y si la felicidad consistiera en el placer (subjetivo), los más felices serían los bueyes cuando comen guisantes; como diría Heráclito.

Entonces, no sabemos qué cosa sea eso de la felicidad. El vulgo se contenta muchas veces con la felicidad canalla. Se trata de disfrutar de la máxima cantidad posible de placeres carnales en un plazo de tiempo finito puesto que el hombre debe morir. La única certeza que tenemos es la de que moriremos: muerte cierta, hora incierta. Ya Aristipo de Cirene declaró que la felicidad era el placer, sobre todo el físico, que era definido como un movimiento dulce acompañado de sensación. Según la leyenda, Aristipo siempre estaba rodeado de prostitutas, perfumes y dinero…, el ideal democrático del vulgo.

No hay que preocuparse de la felicidad. Que cada cual haga lo que crea conveniente. El problema de la felicidad es como el problema de la calvicie o del peso o del colesterol. Tampoco hay porqué ser pesimistas; aunque con Schopenhauer, como con cualquier otro orientalista, creo que tampoco pasa nada por serlo. Lo del pesimismo o del optimismo son problemas y cuestiones psiquiátricas. El sabio está por encima de todas estas cuestiones. El hombre no ha nacido para ser feliz ni vive para eso. Un hombre serio, sensato, no puede considerar como el fin de su existencia la consecución de la felicidad. Y eso es lo que deberían decir en ese “Instituto”… pero no lo dicen… argumentando probablemente, en su propia defensa, que lo que les mueve es la buena intención. Una persona de buena intención, ni es persona, ni soy yo.

«No es bueno que en la vara se quede veneno…», como diría el “Tío de la vara”; gran filósofo donde los haya.

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3 respuestas a Pues sí… el “Instituto Coca-Cola de la Felicidad” existe

  1. mary dijo:

    ME ENCANTA Y APRENDO MUCHO ,

  2. ricitos de oro dijo:

    ME GUSTA MUCHO Y APRENDO APRENDO BASTANTE CON ESTE TEMA GRACIAS

  3. Alberto dijo:

    ¡Gran aporte! Gracias
    Punset falso profeta.
    Necesito ayuda con el blog que acabo de crear: http: //falsosprofetasdemoda.blogspot.com/
    El objetivo es desenmascarar a los falsos profetas y concienciar del peligro que suponen para la libertad y la democracia.

    Cualquier aportación-colaboración, será muy apreciada.
    Saludos. Alberto

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