Los chimpancés y la política…

Quienes ignoran todo de la Etología se engañan en su concepción del mundo animal; al que con frecuencia ven como condenados al automatismo de las bestias. Seamos más inquietos.
 
Supongamos que el hombre, la especie humana, (no ese hombre abstracto, sin raza, sin sexo, sin creencias, sin nacionalidad, sujeto de la famosa “Declaración Universal…” sobre derechos que nunca han existido ni existirán, porque tal hombre ni ha existido ni existirá…); supongamos, digo, que es un animal. Y ahora confrontémoslo con el chimpancé, que es otro animal.
 
En los años ochenta, el etólogo Frans de Waal dio a conocer un interesante estudio titulado “La política de los chimpancés”. El título resulta seguramente excesivo: en los chimpancés no hay ni puede haber política. En cualquier caso, en el grupo de chimpancés estudiado por Waal hay tres machos adultos enfrentados en una permanente lucha por el poder. Luit es el macho alfa, Nikkie el beta y Yeroen el gamma. Eso significa que Luit puede dominar a cualquiera de los otros dos individualmente, aunque no hacer frente a una coalición entre ellos; Nikkie, por su parte, puede dominar a Yeroen, pero no a Luit; por último, Yeroen está condenado a ser el tercero; pero eso, paradójicamente, le convierte en el más influyente de los tres, porque tanto Luit como Nikkie han de ganárselo como aliado si quieren alcanzar el poder. De manera que la fuerza de Yeroen radica en el hecho de que con su actuación puede decidir quién será el líder del grupo (es «llave», en argot político). Finalmente, el “débil” Yeroen decide dar su apoyo a Nikkie, pero amenazando siempre con abandonarle y establecer una coalición con Luit. Es la «dictadura del tercero»: cortejado y agasajado por los otros dos, él es, realmente, quien manda, quien domina a los otros; a uno, con la amenaza de destronarle; al otro, con la coquetería de la mujer deseada que, sin acabar de entregarse, promete dulzuras sin fin (“calientabajos”, en otros términos).
 
La anécdota es un caso característico de coalición en tríadas. Se trata, sin duda, de una de las situaciones más características y frecuentes en el juego político humano. Naturalmente, no hace falta indicar que el conflicto puede resolverse de otro modo, pero lo interesante es que siempre es el individuo C (Yeroen) quien decide: puede optar por unirse a B (como en el caso que nos ocupa), pero también por coaligarse con A, o con ninguno, y en este caso será quien tenga el control de la inestabilidad reinante, o también puede adoptar la estrategia de apoyar a cada uno de los otros en según qué circunstancias (en argot político: «temas puntuales»). Sea como sea, él manda. Y simulará no hacerlo. Y simulará que en todas sus decisiones no le guía otro interés que el bien (la «gobernabilidad») del grupo.
 
«El interés habla toda suerte de lenguas y representa toda suerte de personajes, incluso el del desinteresado» (François de la Rochefoucauld).
 
Quienes estén más versados en política pueden ocuparse en la instructiva tarea de efectuar la traducción pertinente: sólo necesitan cambiar algunos nombres propios… por los de otros animales.
 

Encuentro Sindical ¿9876 AC…?   (cortesía de atapuercaprofanada)

[Cf: «De coaliciones, políticos y chimpancés», El Catoblepas, nº 1, marzo/2002, pág. 4]

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