Gustavo Bueno frente a los indignados del 15-M

Leído el texto sin “imprudencias” de Gustavo Bueno, en El Catoblepas (“Por ello es, sin duda, una imprudencia, aventurar un juicio global, siempre prematuro, sobre el movimiento 15-M: «La verdad está en el resultado.»”), he venido a entender prácticamente lo mismo que cuando visioné La Mesa Redonda nº 19 de Teatro Crítico (25-05-2011), pero ampliada, junto a otras cosas, con una clase de historia que muestra las eventuales conexiones con otros movimientos del pasado; gracias a un cambio en las coordenadas que pasan a ser “epocales”, dadas a escala de otras épocas históricas. E igualmente, puesto que la pluma a veces es más prudente que la lengua, a rebajar algún grado los modos que pudieran ser más ofensivos; pasando a ser más socrático:

Pero, a mi entender, el movimiento del 15M no sería propiamente un movimiento político (a pesar de muchas de sus fórmulas: «democracia real ya», «no nos representan») ni psicológico, sino un movimiento de horizonte mucho más amplio, y por así decir cosmopolita. Y esto es un modo de reconocer la virtual importancia de este movimiento, y la vinculación del alcance virtual del «analfabetismo» de sus representantes (o, dicho de un modo menos ofensivo y más socrático, su vinculación con la «buena voluntad» antes que con el «buen juicio» o el entendimiento).

No obstante, en La Mesa Redonda citada, podemos encontrar un análisis mucho más directo, más superficial también, pero con menos eufemismos. Por ejemplo, sobre las soluciones emanadas del movimiento, (33:17):

«Las soluciones son contradictorias entre sí, y por tanto es un delirio; es una cosa pues para un estudio más que sociológico, psiquiátrico. Es una gente que está completamente loca, que no sabe lo que quiere, que está flotando. Por supuesto que tienen unas pretensiones que están muy por encima de lo que son. Pero estas pretensiones se las ha dado la democracia real, la que tenemos, porque cada ciudadano es libre de decir… y además tienen que ser respetadas sus opiniones… Y yo les digo: ¡No os respeto en absoluto; a ver si os enteráis…! Yo soy uno de los que no os respeta… no se puede respetar esto. Yo me indigno contra vuestra estupidez.»

Verde y con asas. Pero vuelve a la carga, (34:59):

«Es un nivel totalmente infantil de crítica al capitalismo. Es decir, los banqueros tienen la culpa. ¡Pero bueno!, enteraros de cómo funciona la banca y de lo que es esto. El progreso, coño, ¿quién hizo el progreso…; lo que llamamos progreso en el XVIII y XIX; el ferrocarril, &c…? El progreso lo hizo el capitalismo. A ver si se enteran.»

Marcelino (Suárez Ardura), con lo que recordó haber leído en algún sitio, podría sintetizar una parte del espíritu envolvente: «Somos obreros, somos flores, somos rosas, somos lindas mariposas.»

Pero GB seguía en su bucle, (36:46):

«Carecen de criterio. Son absolutamente imbéciles. A ver si nos entendemos. La imbecilidad completa, ya consagrada, por la democracia real y efectiva que tenemos, porque ellos tienen derecho a decir lo que piensan… y hay que respetarles.»

Sobre una de las más famosas reivindicaciones, “eliminación de privilegios de la clase política”, José Manuel Rodríguez Pardo estuvo sublime, (38:54):

«Eliminación de privilegios… Pero claro, la pregunta es: Y eso ¿cómo se hace…? ¿La clase política va a dejarse de manera tranquila y armónica que le quiten esos privilegios…? Eso sólo se puede hacer de manera violenta y anómala. No se puede hacer sentándonos en una plaza haciendo yoga… A lo mejor, para eliminar los privilegios de la clase política, lo que hace falta es aumentar el gasto militar y hacer que los ciudadanos participen de la milicia.»

En efecto, ¿cómo se hace esto… si casi todos son ultra-pacifistas, que creen que van a solucionar el problema del paro cerrando las empresas que fabrican armas…? Sobre los comerciantes, qué decir. El movimiento está por encima del término “negocio”; están allí para salvar también a los comerciantes, suponemos que haciéndoles que cierren sus negocios porque no pueden vender nada. Y GB vuelve a la carga, (44:09):

«Estas soluciones demuestran un grado de subjetivismo de tal categoría que se sienten que están por encima de todo esto, porque van a salvarlo… El que dice esto… es que no se puede respetar. Hay que decirle: ¡Siéntate ahí…! No para dialogar, que no se puede, sino para enseñarte algunas cosas. Y como esto es imposible, pues así es… claro. Cuando oigan esto repetirán lo que muchas veces ya me han dicho… de que soy un fascista. Que me llamen lo que quieran. Ustedes son imbéciles. Yo soy un fascista y ustedes imbéciles. En paz, ¿verdad…?»

Quieren más democracia, pero también se recordó que no hay más democracia que la que arde. Un cuento; desde el punto de vista filosófico. Como cuando en algún libro de texto, de esos que estudian los estudiantes, se describe la Revolución Francesa como la toma de la Bastilla; tomar la Bastilla, por sí mismo, sería la Revolución, cuando en realidad sólo fue una de sus consecuencias.

José Manuel Rodríguez puso un broche bastante digno sobre los indignados, (58:19):

«… se podría concluir, sobre este movimiento, que independientemente de los vínculos políticos que se han podido encontrar, más o menos extemporáneos, o intentos de utilizarlo unos contra otros, sí se puede decir que es una consecuencia de una deriva política que ha vivido España y de un proceso de atontamiento, que ha durado años, que realmente se plasma a este nivel. Unas personas que, efectivamente, son ágrafas, que no necesitan leer libros; pero que están manejándose en 140 caracteres en twitter o con SMS o en Facebook. Entonces, no necesitan nada más.»

En el texto de El Catoblepas, citado más arriba, profundiza y somete el movimiento a otras coordenadas:

«…dadas a escala de una época histórica, como pueda serlo la época de la llamada Cultura occidental cristiana, constituida en la Antigüedad y en la Edad Media, a partir del Imperio romano, por el Antiguo Régimen, y transformada o secularizada en la Edad Moderna a partir de la constitución de las Democracias representativas (las repúblicas de puritanos emancipadas en América en el siglo XVIII y las repúblicas europeas a partir de la Revolución francesa). Nos basamos en el paralelismo «de escala» que cabe establecer entre el cristianismo del Antiguo Régimen y la democracia del Nuevo Régimen.»

En efecto, sustituyamos el término «cristianismo», por el término «democrático»:

«En el Antiguo Régimen el cristianismo era el valor supremo, fuente de todos los valores, que dignificaba a las instituciones políticas, artísticas, tecnológicas, morales… (Rey cristianísimo, por la Gracia de Dios,  familia cristiana, música cristiana, arquitectura cristiana…). En el Nuevo Régimen el término cristiano fue gradualmente secularizado y sustituido (a la par que el «Hombre» sustituyó a «Dios» y el «Pueblo soberano» sustituyó al «Pueblo de Dios») por el término democrático (soberanía democrática, familia democrática, música democrática, urbanismo democrático… y hasta aborto democrático).

Desde esta perspectiva, la «crisis del cristianismo» (otros dirían la «crisis de la conciencia europea») tendrá más tarde, como paralelo, a la «crisis de la democracia», cuyos primeros síntomas tuvieron lugar en «entreguerras» (fascismo, nazismo, estalinismo), y las últimas, tras la caída de la Unión Soviética, en nuestros días, tras la reorganización de las sociedades políticas como «democracias homologadas» vinculadas al Estado de bienestar. La crisis económica y política de comienzos del siglo XXI (uno de cuyos episodios estaría constituido por los movimientos 15-M) sería un movimiento más de esta misma evolución.»

Esto no es un asunto menor. De momento, esta perspectiva, permite disociar, de raíz, los movimientos 15-M de los movimientos islámicos de la cornisa africana mediterránea y otros territorios. Y, por supuesto, de otros movimientos similares en la India o en China. Entre otras cosas, porque aunque asuman un rostro democrático, no son movimientos pacifistas, sino muy próximos, aún siendo democráticos, al Yihad, a la Guerra Santa. Y tampoco podrían formularse en un ámbito doméstico (PSOE, IU, PP, Unión Europea…):

«Sencillamente, y para abreviar: la rebelión de los «indignados» se correspondería (analógicamente, proporcionalmente) antes a la rebelión de los albigenses o de los valdenses, de los siglos XII y XIII, o al movimiento de los anabaptistas del siglo XVI, que a las rebeliones anarcosindicalistas del siglo XIX, o a las socialdemocráticas de la Segunda Internacional, incluso a las comunistas de la Tercera Internacional.

Porque las rebeliones albigenses, valdenses o anabaptistas se hacían en nombre del cristianismo real («apostólico») frente al cristianismo eclesiástico-jerárquico [“privilegios de la clase sacerdotal”], pero en realidad los albigenses, valdenses o anabaptistas impulsaban un movimiento que destruía las bases de la Iglesia Católica como institución histórico-universal; destrucción que culminó con la Reforma luterana. Asimismo, los movimientos de los «indignados» estarían impulsando unas corrientes que, en nombre de la «democracia real» irían dirigidas (inconscientemente) a minar las bases de las «democracias homologadas» realmente existentes, a saber, las democracias parlamentarias.

Incluso los motivos apocalípticos… que veían muy cercano…, el fin del Mundo, tendrían sus paralelos en los motivos apocalípticos del ecologismo catastrofista de nuestros días (calentamiento global, agotamiento de recursos, &c.).

La gran diferencia es que los albigenses, valdenses o anabaptistas proclamaban una paz evangélica que sobrevendría tras los feroces actos de salvajismo inspirados, por ejemplo, por Pedro de Bruys, en la Aquitania de 1122, o en el Viernes Santo de 1147 en el Languedoc. Los albigenses (condenados en el Concilio de Albi de 1176) y poco después sus hijuelas, los valdenses, encontraron el apoyo del vizconde de Albi, Rogerio, conde de Tolosa. Inocencio III impulsó una verdadera cruzada contra los albigenses. El abad del Cister fue nombrado generalísimo de un ejército de 500.000 hombres, y en el asalto de Beziers (22 de julio de 1209) pasaron a cuchillo a 60.000 habitantes (se decía que el abad Arnaldo respondió a quienes le pedían señas para no matar a los católicos: «Matad, matad a todos, que luego Dios los distinguirá en el Cielo»). Santo Domingo de Guzmán, y la Orden de Predicadores por él fundada, contribuyó a pacificar y a recuperar a decenas de miles de herejes y volverlos al redil.

Muy conocidos son los movimientos anabaptistas del siglo XVI: el pastor Styfel, discípulo predilecto de Lutero, que anunció con todo aplomo el fin del mundo para las ocho de la mañana del domingo 19 de octubre de 1533; Stork, también discípulo de Lutero, y Thomas Münzer, que se rebeló contra Lutero, aunque lo cierto es que entre los anabaptistas se abrieron dos tendencias, una pacifista y otra muy belicosa…

En nombre de la «democracia real» los «indignados» se rebelan contra la democracia realmente existente, en nombre de un fundamentalismo democrático, como los albigenses o los anabaptistas se rebelaban contra el cristianismo tradicional realmente existente en nombre de un cristianismo fundamentalista irreal. Un fundamentalismo democrático, el de los «indignados», no ya tanto utópico cuanto puramente idealista y vacío, porque espera que la democracia asamblearia auténticamente representativa, resolverá por sí misma los problemas de la crisis del capitalismo, del paro, de la producción de energía y de su distribución, del orden internacional… El movimiento de los «indignados» es políticamente vacío, no ya utópico, puesto que las cuestiones políticas que abordan son tratadas no políticamente, sino desde una perspectiva ética, cercana al humanismo armonista y pacifista, no menos vacío, de los derechos humanos.

Y es esta inspiración ética, unida a su analfabetismo político, la que, a mi entender, da ocasión a los indignados para enfrentarse con algunos problemas concretos, que se plantean muy frecuentemente en las democracias capitalistas (las democracias de mercado pletórico)…»

Con todo, el asunto no ha terminado; es un proceso que está «in medias res». Una especie de ensayo sobre todo lo que ha de venir. Más pronto que tarde, habrá que volver sobre este asunto. En un radio mucho más pequeño, la crisis sólo ha acabado… sólo ha acabado de empezar.

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