Las Izquierdas y las Derechas políticas

En un extensísimo artículo de Santiago Javier Armesilla Conde, publicado en El Catoblepas, nº 75, Mayo/2008, titulado Las plataformas continentales, además de intentar profundizar acerca de la posibilidad del nacimiento y desarrollo de una “séptima generación” de Izquierda políticamente definida, en una plataforma continental supranacional homogénea y no improvisada, viene a resumir el nacimiento y desarrollo de las seis generaciones anteriores; que es lo que ahora intentaremos destacar. [Entre corchetes se incluyen aclaraciones o añadidos, que intentan facilitar la comprensión de algunas ideas o conceptos]:

En el año 2003 el filósofo español Gustavo Bueno publicó el libro El mito de la izquierda; cuyo subtítulo rezaba Las izquierdas y la derecha. En esta obra, llamada a convertirse en el futuro a medio/largo plazo en un libro imprescindible del pensamiento filosófico y político, el filósofo, principal impulsor del sistema conocido como Materialismo Filosófico [«Filomat»; para distinguirlo del Materialismo Dialéctico: «Diamat»], realiza una clasificación pluralista de las diferentes generaciones de izquierdas realmente existentes, o que han existido, a las que denomina izquierdas definidas, esto es, las que tienen al Estado como parámetro a partir del cual se definen, es decir, definen sus proyectos políticos. Gustavo Bueno demuestra que el Estado del Antiguo Régimen sufre durante la Revolución Francesa un proceso racionalizador, llamado holización, por el cual las partes heterogéneas del Estado absolutista son homogeneizadas hasta conformar el Estado-Nación moderno, la Nación Política de Ciudadanos Libres e Iguales en Derechos y Deberes.

[Para comprender mejor esta holización, tomemos un ejemplo de la Geometría plana; el plano «reglado y punteado». Partimos de un dominio de este campo como pueda serlo el «redondel» del que habló Poincaré. Podríamos analizarlo «anatómicamente», dividiéndolo en cuatro arcos o en cuatro cuadrantes. Pero, mediante su holización analítica, quedará resuelto en puntos, siempre que postulemos a estos puntos como partes átomas formales suyas. Si ahora introducimos, como criterio, la regla selectiva: «puntos que equidistan de uno central», podremos formar la clase o conjunto de todos los puntos (y son infinitos) que equidistan del centro. Esta clase o conjunto no es otra cosa sino el resultado de una holización positiva que transforma ese «redondel» en una «circunferencia» definida por lugares geométricos.

Otro ejemplo podemos encontrarlo en Mineralogía, tomando como campo el de las arcillas, por ejemplo. Y como dominio una disolución, en 75 mm de agua destilada, de tiosulfato sódico pentahidratado (hiposulfito), en un vaso de precipitado, que calentamos y agitamos con una varilla de vidrio (holización analítica). La holización sintética comienza al «sembrar» la disolución sobresaturada con un pequeño cristal de hiposulfito depositado en la superficie. Comenzará a crecer, se romperá en trozos, hasta que todo el contenido del vaso se llene de cristales.

El último ejemplo podemos encontrarlo en la Biología, tomando como dominio a los organismos vivientes, confinados en volúmenes finitos, así como también a los conjuntos de organismos.  La holización analítica resuelve a los organismos, vegetales y animales, en células (no clónicas, sino modalizadas según especies, tipos, &c.) y la holización sintética reconstruye a los organismos como «sociedades o conjuntos de células interactuantes». Por supuesto, nos referimos a aquella fase de la Biología celular en la que todavía no se habían producido ulteriores procesos de holización, que llegarían hasta los genes, grupos de genes, &c. Y tampoco equiparable a la holización atómica de los químicos; pues los elementos químicos no son simples, sino compuestos de electrones, neutrones, &c. Los átomos biológicos (las células) tampoco son simples, puesto que pueden descomponerse en partes formales tales como mitocondrias, ribosomas, &c. Pero suele admitirse que la holización molecular conduce a objetos homogéneos y a sistemas homogéneos muy distintos por estructura de aquéllos a los que conduce la holización celular. La dificultad radica en el lugar en donde haya que poner la diferencia.

Resumiendo, la holización de la sociedad política en la época de la Revolución Francesa vendría dada por la descomposición del Antiguo Régimen, su lisado o trituración de las morfologías anatómicas según las cuales está organizado el campo material que se trata de organizar, poniendo el corte en las células más pequeñas, los individuos, los sujetos corpóreos completos…  y  poniendo las cabezas sobrantes, en cestos preparados al efecto. Nace el Ciudadano. Y desde él, se vuelve a tejer la organización del Nuevo Régimen (holización sintética, constructiva), las Naciones Políticas.] 

Y es esta Nación Política la plataforma sobre la cual se inicia la distinción entre derecha e izquierda. En la Revolución Francesa, esta distinción se estableció en la Asamblea Francesa de 1789, cuando a la derecha quedaban los partidarios de la unión de Trono y Altar –el Antiguo Régimen, «volver a 1788»–, los que más tarde serían conocidos como reaccionarios, y a la izquierda los partidarios de la Revolución, de la nación política francesa. De entre estos últimos surgirían los revolucionarios radicales, los jacobinos, que llevarían la Gran Revolución hacia su cúspide política con la Constitución de 1793, con el régimen del Terror y la guillotina y, más tarde, con el golpe de Brumario y la llegada al poder de Napoleón Bonaparte y su Imperio universalista de 16 años de duración, con un breve lapso de tiempo entre la ocupación de París por los aliados antirrevolucionarios el 31 de marzo de 1814 hasta la huída de Napoleón de la Isla de Elba y su llegada a Antibes el 1 de marzo de 1815, con el que empezó su Imperio de los cien días. Durante su Imperio, Napoleón Bonaparte realizó grandes hazañas militares –aunque también sufrió sonadas derrotas–, instauró el Código Civil en gran parte de la Europa de su tiempo, derribó monarquías absolutas y construyó la primera gran plataforma continental de la izquierda revolucionaria: el Imperio Napoleónico o Imperio Jacobino, si queremos nombrarlo con terminología adecuada a lo expuesto por Gustavo Bueno en El mito de la izquierda.

En El mito de la izquierda, Bueno realiza una clasificación de las izquierdas definidas y de las indefinidas, a la vez que realiza una definición de lo que, desde las coordenadas del materialismo filosófico, sería la derecha política. Entre las izquierdas definidas, Gustavo Bueno distingue las siguientes generaciones, que se suceden en el tiempo histórico desde la Revolución Francesa hasta la actualidad:

1. Izquierda Radical o Jacobina: La primera generación de las izquierdas definidas y género generador de todas las demás. Transforma el Estado absoluto en Nación Política de Ciudadanos mediante la racionalización revolucionaria por holización. Instaura el modelo republicano unitario de Estado en Francia [detallado más arriba].

2. Izquierda Liberal: La segunda generación de las izquierdas políticamente definidas. Convierte el Estado absoluto en Nación Política, pero frente a los jacobinos, defiende un modelo de Estado menos centralizado y no necesariamente republicano, sino que admite la posibilidad de que la Nación Política adopte la forma de una monarquía constitucional, quedando el monarca como un mero representante institucional, siendo la nación –el conjunto de los ciudadanos– donde reside la soberanía. Es la izquierda que nace en España durante la Guerra de la Independencia de 1808 a 1814 y que lucha contra los invasores franceses. Esta izquierda liberal se exporta después a Iberoamérica –por entonces, parte de la nación española– y abre la espita para los procesos de independencia nacional de Venezuela, Argentina, Perú, México, Chile, Cuba, &c. Se trata de la primera izquierda realmente existente en el mundo de habla española y portuguesa.

3. Izquierda Libertaria o Anarquista: Tercera de las izquierdas políticamente definidas. Su pretensión es la destrucción del Estado, sea éste monárquico o republicano, sea éste de «derecha» o de «izquierdas».

[La dialéctica de este proceso de racionalización no acaba con la primera fase del proceso, la fase destructiva de las «partes anatómicas» de las sociedades antiguas, puesto que las contradicciones se agravan una vez que la racionalización en su segunda fase (sintética, constructiva) ha culminado en la construcción de los nuevos estados nacionales soberanos, impulsados por su propia prosperidad o bienestar interno. La racionalización obtenida mediante la «recuperación» de la libertad, igualdad y fraternidad de los hombres irá manifestando su carácter puramente abstracto, que no agota la materia social racionalizada (como tampoco la Geometría, la Mineralogía o la Teoría celular, agotaban la materia geométrica, química o la materia orgánica).  En efecto:

(a) En el ámbito de cada recinto nacional los individuos o átomos racionales han adquirido una libertad y una igualdad (política y jurídica), pero subsisten, y aún con mayor visibilidad, las desigualdades y servidumbres económico-sociales, «culturales»; porque fue precisamente a partir de la liberación de los ciudadanos, la que permitió convertir a los trabajadores en propietarios de su fuerza de trabajo. La homogeneidad político jurídica, teórica al menos, de los elementos del «todo nacional», resultaba estar establecida en medio de una heterogeneidad de esos elementos en tanto seguían siendo miembros de clases sociales tradicionales o nuevas, y en conflicto permanente.

(b) En el ámbito de las relaciones entre las naciones «racionalizadas» y, por supuesto, entre estados que mantenían sus gigantescos volúmenes organizados según la estructura del Antiguo Régimen, las desigualdades y servidumbres subsistían, y aun aparecían otras nuevas. La racionalización de las naciones políticas implicaba, antes que la igualación de estas naciones, la conformación de desigualdades entre ellas: la condición francesa, la condición española, los ciudadanos alemanes, &c. son iguales y libres en sus estados respectivos, pero son distintos entre sí, porque estas naciones no forman una única nación sino naciones distintas, y en conflictos tan agudos como los que mantienen con los estados del Antiguo Régimen.

La dialéctica de las clases y la dialéctica de los estados estaba abierta: en las sucesivas guerras que se iban a producir, a lo largo de los siglos XIX y XX, los obreros alemanes resultaban estar más cerca de hecho de los patronos alemanes que de los obreros de otras naciones. Lo mismo ocurre con los burgueses alemanes, respecto de los burgueses de otras naciones. El despliegue de esta «dialéctica de clases» a través de la «dialéctica de estados» llena todo el siglo XIX y XX. Desde los principios de la revolución de 1789 podría esperarse que el despliegue progresivo de esta dialéctica conduciría, por sí mismo, a la resolución de los conflictos, por tanto, a la «racionalización» del género humano. Y ésta fue la perspectiva que, en efecto, adoptaría, en líneas generales, el marxismo, que inspiraría las siguientes generaciones de la izquierda que iban a formarse tras la disolución de la I Internacional, designadas como 4ª, 5ª y 6ª, y que constituyen, por tanto, otras tantas modulaciones de la izquierda, incompatibles por cierto entre sí, cuando tomamos siempre el mismo parámetro, a saber, el Estado.

Pero también era preciso dudar de que el progressus de este despliegue dialéctico, un progressus indefinido, pudiera considerarse acabado. Y ante esta duda la única alternativa racional abierta no podía ser otra sino la vía del regressus respecto de los mismos principios de la Revolución francesa. Un regressus capaz de llevarnos más atrás del Estado nacional constituido por la Revolución, tras la fase analítica (o destructiva) de su proceso de racionalización. El impulso hacia este regreso procede de la sospecha, convertida muy pronto en evidencia, sobre si el Estado nacional será el principal obstáculo, y no la plataforma intermedia o provisional, aunque necesaria, para desencadenar el progreso revolucionario victorioso.

El regreso del que hablamos, por tanto, no es otra cosa sino el programa de destrucción inmediata del Estado, y no ya la destrucción del Estado del Antiguo Régimen, transformado en Nación Política, sino la destrucción del Estado en cualquiera de sus formas, incluida, por supuesto, las formas del Estado nacional. Es decir, el programa de la destrucción de la «República una e indivisible» que los revolucionarios jacobinos dieron a luz, y continuaron los liberales de la segunda generación.

Este regressus nos lleva, por tanto, a la delimitación de una tercera generación, que toma también como parámetro al Estado, si bien de un modo negativo. El anarquismo. Una fase negativa del proceso revolucionario que destruye al Estado del Antiguo Régimen, pero que, en lugar de continuar por la reconstrucción del Estado antiguo en la forma de Estado nacional, bloquea semejante reconstrucción (que conduciría a un temible progreso indefinido, del que hemos comenzado por desconfiar) y se mantendrá como negación de toda forma de Estado, en general.]

4. Izquierda Socialdemócrata o Socialista: Cuarta generación de las izquierdas políticamente definidas y primera generación que surge de influencia marxista. Pretende llegar a la sociedad socialista partiendo de la democracia liberal y a través de reformas paulatinas. Nace en Alemania con la creación en 1863 del Partido Socialdemócrata Alemán, refundado en 1875 tras la unión de marxistas y lasalleanos en virtud del Programa de Gotha, duramente criticado por Marx, por realizar excesivas concesiones a los seguidores de Fernando Lasalle. Es la ideología madre del Estado de Bienestar y, junto con la democracia cristiana, la que ha conformado las democracias homologadas realmente existentes del llamado mundo occidental.

5. Izquierda Comunista o Marxista-Leninista: Quinta generación de las izquierdas políticamente definidas. Nacida con la Komintern o Tercera Internacional en 1919, pretendió tomar el poder del Estado burgués o feudal mediante una revolución violenta dirigida por una vanguardia muy preparada que dirigiera al proletariado hacia su organización como clase dominante de la sociedad para llegar al socialismo y, más tarde, tras haber pasado la etapa de dictadura del proletariado, al comunismo o sociedad igualitaria sin clases ni Estados. Esta izquierda definida fue derrotada entre 1989 y 1991 con la caída del muro de Berlín y de todo el bloque imperial de la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

6. Izquierda Asiática o Maoísta: Sexta generación de las izquierdas políticamente definidas, nace con la Revolución China de 1927-1949, cuando se crea la República Popular China. Se distingue de la Izquierda Comunista en que la primera instaura una dictadura unipartidista mientras que en China existe una dictadura del proletariado en la que domina el Partido Comunista de China (PCCh) en un sistema pluripartidista de colaboración y cooperación con otros partidos pequeños en la Asamblea Popular Nacional –máximo órgano de representación popular en China– los cuales aceptan el dominio indiscutible del PCCh, en que el maoísmo da mayor preponderancia que la Izquierda Comunista al campesinado y en que la Izquierda Asiática ha nacido en una esfera cultural distinta al resto de las izquierdas definidas, nacidas en una esfera cultural de influencia grecolatina. El maoísmo está muy influido por el confucionismo en su visión de la sociedad política ideal, paternalista e igualitaria.

[Hasta aquí, las denominas izquierdas definidas, esto es, las que tienen al Estado como parámetro a partir del cual se definen (incluso por negación)].

Por su parte, las izquierdas indefinidas no se definirían con respecto al Estado, sino que caerían en conceptos vagos sobre ética, derechos humanos o de la llamada contracultura. Serían tres las corrientes de izquierda indefinida:

La Izquierda Extravagante, la cual se mueve siempre en planteamientos utópicos y sin apoyarse en plataformas políticas reales, como las ONG’s.

La Izquierda Divagante, que planea sobre argumentos éticos y tampoco se apoya en plataformas políticas reales, en la que se mueven muchos «pensadores» e «intelectuales» como José Saramago y otros.

Y la Izquierda Fundamentalista, corriente doctrinaria que resulta de la fusión de las dos anteriores, que se caracteriza entre otras cosas de acusar de «fascista», «antidemócrata» o «reaccionario» a todo aquél que no postule con sus débiles pero muy extendidos parámetros ideológicos.

Además, Bueno, frente al racionalismo universalista, característica abstracta de todas las izquierdas definidas –la concreta sería la racionalización revolucionaria por holización–, define a la derecha política como toda corriente que se opone tanto al racionalismo universalista como a la holización y que:

o bien defiende proyectos racionalistas particularistas, no universales; como el neoliberalismo, el liberal-conservadurismo o el anarco-capitalismo;

o bien proyectos irracionalistas universalistas; como el integrismo católico, el fundamentalismo protestante, el fundamentalismo islámico, el integrismo ortodoxo, los proyectos ideológicos tercerposicionistas del neofascismo, la «Tercera Vía», el nacional-bolchevismo o la Teología de la Liberación, entre otros;

o bien proyectos irracionalistas particularistas; como el nacionalsocialismo, el neofeudalismo, la «izquierda aberchale», el indigenismo, &c.; [fundamentalistas de algún tipo de «hecho diferencial», en general].

El término de derecha política, por tanto:

«[…] se aplica a todas aquellas corrientes e idearios políticos que apelen a unos principios revelados a los que sólo pueden acceder unos individuos o grupos privilegiados, o bien a aquellas políticas que funden sus planes y programas en particularismos, por ejemplo de raza o de clase, que excluyan a unos sectores de la sociedad, ya sea para marginarlos, explotarlos o incluso, en el peor de los casos, eliminarlos.»

Al final del libro, tras todo el desarrollo resumido más arriba, Gustavo Bueno, en el Colofón del mismo, escribe lo siguiente:

«¿Es posible defender, en los comienzos del siglo XXI, la vigencia de la oposición entre derechas e izquierdas, o de las izquierdas existentes, o será necesario esperar a una séptima generación de izquierda capaz de tener algo que hacer y que decir ante una Humanidad de más seis mil millones?

Desde las coordenadas de este libro habría que afirmar que esa hipotética séptima generación de la izquierda no podría en ningún caso constituirse en una sociedad política de escala local, regional o estatal. Necesariamente, su plataforma habría de ser continental y supranacional. Pero al mismo tiempo la sociedad en la que esta séptima generación pudiera formarse habría de ser lo suficientemente homogénea, una homogeneidad que no se puede improvisar, porque habrá de ser el fruto de un largo proceso histórico, en el que se ha podido forjar un idioma y una cultura comunes a cientos de millones de hombres. Esto excluye a Europa como plataforma de un proceso semejante. La Europa ampliada resulta ser un mosaico de Estados e intereses tan heterogéneos, inmersos en una privilegiada atmósfera de bienestar de cuño capitalista, cuya unidad puede mantenerse sólo en función de su solidaridad, especialmente mercantil, contra terceros.»

Prácticamente, salvo el anarquismo y la socialdemocracia –aunque ésta ha utilizado la Unión Europea para medrar hasta nuestros días–, todas las izquierdas políticamente definidas han hecho uso de plataformas continentales para alcanzar sus objetivos políticos. Esto es, han echado mano de imperios, de Estados que han ejercido su influencia sobre otros Estados al rebasar sus propios límites territoriales. Además, todos los imperios de las izquierdas definidas han sido universales (han pretendido abarcar a todas las sociedades políticas o prepolíticas) y universalistas (su proyecto político imperial era para todos los hombres, sin exclusión), y además han sido racionalistas y holizadores (bebían todos ellos de los postulados racionalistas y materialistas de los filósofos ilustrados y de la Revolución Científica del siglo XVIII, sin perjuicio de que hayan ido renovando esa misma influencia a medida que las diferentes ciencias se desarrollaban). Ergo todos los imperios de las izquierdas definidas fueron Imperios Generadores, esto es, Estados que, en el marco de la plataforma continental en la que actuaban, elevaban la categoría política de los Estados que quedaban bajo su dominio, elevando al mismo tiempo el nivel de vida de sus habitantes al mismo que el de la metrópolis. Y esto siempre en contraposición de los Imperios Depredadores, que pondrán a las sociedades políticas o prepolíticas bajo su dominio al mismo o más bajo nivel político y social del que tenían antes de ser conquistadas –es la norma básica del colonialismo, esto es, de los Imperios de la derecha política: el Imperio Británico, el Imperio Colonial Francés o Segundo Imperio Francés, el Tercer Reich nazi o el Imperio Estadounidense [en cierta medida; pues sin perjuicio de comportamientos depredadores, se presenta como garantes de los Derechos Humanos, por tanto Generador, pese a que no estén firmados por todos (el Islam tiene sus propios “Derechos” basados en la Sharia)]–.

El Imperio Napoleónico fue la gran plataforma continental de la Izquierda Jacobina, mientras que la Izquierda Liberal tuvo su primera gran plataforma continental en la Nación Española proclamada en la Constitución de Cádiz de 1812, sin contar con plataformas de menor tamaño tras la independencia de España de los territorios americanos, tales como la Gran Colombia o el Primer Imperio Mexicano. La Nación Española de 1812, en su primer artículo de la Constitución de Cádiz de 1812, en la que participaron numerosos ponentes constitucionales de América, decía: «La nación española es la reunión de los españoles de ambos hemisferios». Fue más allá en este aspecto que la Izquierda Jacobina, ya que la Nación Política Española de la Constitución de Cádiz se convirtió en la primera plataforma continental universal efectiva de las izquierdas políticamente definidas.

Por su parte, la Izquierda Comunista tuvo en la Unión Soviética y sus países satélite su propia plataforma continental: el Imperio Soviético, el último gran proyecto holizador imperialista de las izquierdas políticamente definidas, aún a la espera de lo que pueda hacer la República Popular China junto con sus más cercanos Estados-Satélite (Laos, Vietnam y Corea del Norte, a los que se podría unir a corto plazo Nepal), por no hablar de su política imperial en África.

El artículo continúa el desarrollo de las ideas expuestas, tratando de averiguar si puede haber una identidad sintética sistemática que permita cerrar la categoría de una plataforma continental hispánica como verdadera y si puede cumplirse, o no, lo enunciado por Ismael Carvallo Robledo en sus «Tesis de Gijón»; esto es:

«El núcleo central de estas Tesis de Gijón es el siguiente: la séptima generación de la izquierda habrá de ser materialista y habrá de ser Iberoamericana, considerando a Iberoamérica de un modo similar al que lo hicieron las Cortes de Cádiz respecto de España: iberoamericanos son todos aquellos que hablan Español en los dos lados del Atlántico. En otras palabras: así como la izquierda socialdemócrata nació marxista y fue pensada, fundamentalmente, en Alemán (sin perjuicio de constatar que lo que hoy queda de esta generación se ha pasado al terreno ambiguo de la indefinición política), la séptima generación nacerá, más que marxista, materialista (quedando el marxismo compendiado y rectificado en la doctrina del materialismo filosófico); además, la séptima generación de la izquierda será pensada en Español.»

…..

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