Un paseo por la Blogosfera hasta dar de bruces con el azar, el caos

Webeando, que es gerundio, vine a dar con alguien calmado. Se trata de un Blog, sin duda interesante, llamado «Un cafelito a las 11 – 1C11». En principio, alguien aparentemente feliz (uno nunca sabe), a juzgar por las temáticas que trata:

«… una temática muy variada y casi cualquier tema cabe, pero hay una mayoría de temas relacionados con estilo de vida (salud, nutrición, finanzas, cocina, deporte, relaciones…), ciencia y naturaleza, y superación personal (libros, motivación, productividad, herramientas). Sin embargo, 1C11 si que se caracteriza por lo que no tiene: política, religión, cotilleos… No es que no interesen, pero son tan perecederos que solo generan ruido, y el objetivo del contenido de 1C11 es que sea “eterno”».

Es decir, sobre lo que realmente le interesa a la gente. Es difícil no estar de acuerdo en calificar los «cotilleos» como fenómenos «perecederos». Ahora bien, ecualizarlos al mismo nivel que los asuntos políticos o religiosos, aunque defina aún más lo que interesa a la gente, no es motivo suficiente para impedir una mínima crítica. Porque calificar los asuntos políticos o religiosos, que vienen a ser casi la misma cosa, como «perecederos», no se ajusta a lo que la terca realidad nos muestra y demuestra cada día… entre otras cosas, porque parte de la fórmula es totalmente cierta: tales cuestiones sólo generan ruido… constante habría que decir. Y a veces tanto, que el misil puede explotar al lado de la oreja… haciéndola volar «ipso-facto», junto a la cabeza pegada a ella. Destaquemos, por otro lado, que el asunto «finanzas» viene a equipararse al nivel de «nutrición, cocina, deporte, relaciones, &c.». Lo dicho, lo que le interesa a la gente.

Tampoco hay porqué exagerar. Decir «Todo es Política» viene a ser casi tan absurdo como decir «Todo es Química»; porque incluso aceptando que así fuera, no significa que todo lo pueda explicar la Química (o la Política). Imaginemos unos recipientes, unas gavillas, en las que pudiéramos contener ciertas categorías. Todas estarían atravesadas, a diferentes alturas y con diferentes grados, por planos tangenciales venidos de otras categorías y que podrían, o bien oscurecer lo que allí hubiera, o bien arrojar luz, aclararlas. 

Pues bien, su autor, al parecer, además de suspirar por la «eternidad», como él mismo confiesa, paseó por las Matemáticas hasta elegir definitivamente la Biología. Cosa que está muy bien, si lo quiere utilizar como defensa, aunque en un momento dado también podría utilizarse como acusación. La cuestión que ahora nos interesa es otra.

En una entrada excelente viene a darle cierta caña, con o sin intención, al gurú de Apple (un tal Steve Jobs, recientemente fallecido; q.e.p.d.). Añádase que, al parecer, él también es un “maqueto”; que en jerga política creo que es otra cosa, pero para quienes saben de ordenadores e informática, es algo así como “fundamentalista de la Iglesia Mac del Séptimo Día”. A ver… en este sitio no se está en contra de la política o la religión; de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades. Puro Marx.

La entrada en cuestión responde al título: «El azar y el (falso) discurso de Steve Jobs de Standford». Como es natural, para eso estamos, cualquiera puede acudir al original de dicha entrada. Aquí se reproducirá lo más importante:

El tal Jobs, en su discurso, vendría a contar algo así como que él empezó en el clásico garaje. No puedo contrastarlo porque, para qué nos vamos a engañar, ahora poco importa:

«…Es una gran historia, que te deja pegado a la pantalla del ordenador. Motivante, inspiradora, evocadora, y falsa… Sí, falsa, no porque sea mentira lo que cuenta (será cierto), sino falsa en el sentido estadístico del término [aquí la nostalgia de la matemática]. Me explico, ¿cuántos hombres y mujeres en el mundo no habrán hecho antes lo mismo que Jobs? Dejar los estudios, ir a practicar arte, tratar de montar un negocio… Ahora bien, ¿cuántos de ellos han logrado llegar dónde Jobs? El 0.005%.»

En efecto, la cuestión que plantea nuestro autor, es muy interesante. Antes de decirnos esto, mientras nos contaba su propia historia académica y laboral, ya dibujaba por dónde iban a ir los tiros: «¿Han sido mis propias decisiones y capacidades las que me han traído hasta aquí?»:

«Tenemos una tendencia natural a mirar hacia atrás y contar cuentos. Unos puntos de nuestra historia (o de cualquier historia) y tratar de verlos como una sucesión de eventos relacionados y causales. Hice B porque primero hice A, y luego vino C, etc… Nuestro cerebro es genial a la hora de inventar historias, pero muy malo para calcular probabilidades. Y es ahí donde está el meollo de la cuestión, ¿qué papel juega el azar en el devenir profesional o personal?

Inmenso. Más del que nos gustaría reconocer, y más del que somos capaces de detectar.

Cuando miramos hacia atrás, tratamos de justificar nuestra vida, dando mucho más peso a aquellos momentos en los que tomamos una decisión. Supongo que es necesario para reforzar nuestra confianza. Sin embargo, dejamos de lado todos aquellos sucesos aleatorios que realmente han dado forma a nuestra vida. Desde el momento de nuestra concepción, somos fruto del puro azar y ese azar domina silenciosamente nuestras vidas queramos o no.»

A estas alturas, nadie en su sano juicio puede negar conocer al ser más mentiroso sobre la faz de la Tierra. Y por extensión, al resto de animales humanos. Sin duda, lo que mueve al mundo, no es otra cosa que la mentira. Desde las coordenadas en las que estamos diremos que, en principio, así debe ser. ¿Alguien se imagina un mundo en el que las verdades resplandecieran…? No aguantaría en pie ni un minuto. Si no fuéramos capaces de engañarnos a nosotros mismos ni a los demás, estaríamos a un nivel aún más bajo que cualquier ameba. Esto es signo de imaginación e inteligencia. Otra cosa es creérselas o no saber distinguir; tanto las propias, de los demás o a los demás. Pero no nos desviemos demasiado:

«Ahora bien, ¿es Steve Jobs […] un hombre hecho a sí mismo? ¿Un hombre que controló su destino? En absoluto. ¿Es Jobs más inteligente que la media? No lo creo. Ahora mismo se le ve como un visionario pero ¿ha tenido éxito porque era un visionario o le vemos como un visionario porque ha tenido éxito? ¿Cuántos potenciales visionarios se han quedado en el camino?…»

«¿Quiere decir esto que todo es azar y que nada se puede hacer? En absoluto. Hay que prepararse y hay que marcarse ciertas direcciones hacia las que ir, sobre todo para poder aprovechar ciertos golpes de fortuna. Es en ese momento cuando una persona preparada puede ver la oportunidad y aprovecharla. Pero cuidado, también puede hacerlo otra menos preparada. No nos engañemos. Podemos trabajar muy duro para conseguir algo, y no conseguirlo nunca. Hay que ser consciente de ello. Muchos dirán que no trabajaste lo suficiente o que no estabas lo suficientemente preparado. Puede ser cierto, pero ¿cuántos vagos y poco preparados conoces que sí han tenido esa suerte? Seguro que unos cuantos…»

Es evidente que jamás puede tocar una lotería, si no se ha jugado previamente. El autor nos invita después a pensar en ello, en aquellos sucesos o momentos importantes que, pudiendo causar un gran impacto, estaban completamente fuera de tu control. No es difícil, si se tiene en cuenta que son la mayoría; porque control, lo que se dice control, rara vez se tiene. Aunque uno circule en su auto por una autopista y haya intentado minimizar riesgos con una revisión, neumáticos en condiciones, &c. quizás pueda evitar tener un pinchazo… pero le será imposible evitar un accidente si otro auto, del sentido contrario, pierde el control y nos embiste. Del mismo modo, cuando vamos en un tren hacia nuestro trabajo, por más revisiones que haya pasado la máquina, si hay unos terroristas que toman el control de lo que hacen y lo que hacen es volarlo por los aires, de nada sirve ir pensando en tu asiento sobre lo que tienes que ir a comprar esa misma tarde. Y de nada sirve ir pensando sobre la posibilidad de que vueles por los aires. Las macetas siempre pueden caer sobre tu cabeza, pero no por ello te vas a encerrar en tu casa. Cosa distinta es intentar evitar ser atropellado por un camión cuando cruzas la calle; pues lo obligatorio, antes de cruzar, es mirar a un lado y a otro para ver si viene alguno. Y aún así, sucede.

El asunto del caos, del azar, sin duda es complejo. Si se considera la cuestión divina, la cosa se simplifica un poco («que sea lo que Dios quiera»); pero tampoco es que sirva de mucho consuelo. Según esta perspectiva, el caos vendría a ser un tupido velo, una verdadera muralla para el ser humano, detrás de la cual nada puede ser conocido. Con todo, algo sí se puede decir. Nietzsche escribiría: «Casualidad, eso que nos incita a vivir».

Sin duda, la «incertidumbre», forma parte del juego; pues es imposible precisar exactamente las circunstancias que concurren en un hecho cualquiera, del mismo modo que no se puede precisar «a la vez» la posición y la velocidad de una partícula. Esto ayudó a comprender que el curso de la evolución de un sistema, desde un estado que consideremos bien definido, no tiene porqué ser único. De ahí que si la consideramos representada por una línea, la realidad, lo que sucede, estará dada por un haz de curvas bien apretadas en el momento presente, pero que se abren a medida que quiera avanzarse en el tiempo… dejando cada vez más borrosa la definición de porvenir.

Las cosas no suceden o dejan de suceder así porque sí: son forzadas continuamente a suceder, son forzadas siempre a un resultado. Por tanto, aunque ninguna fuerza conocida es capaz de contrarrestar la tendencia a la disipación de energía (a la decadencia), lo que generalmente se conoce como «caos» o «azar» puede ejercer (y de hecho ejerce) la influencia inversa: sólo hay que mirar a la naturaleza; por lo que la fuerza siempre será, a la larga, “disipativa” y el caos siempre será, a la larga, “concentrativo”.

¿Y qué es lo que hace al «caos» fructífero…? Todo proceso iterativo exhibe una «conducta». Observemos que es al combinar el azar con ciertas reglas, cuando se producen puntos atraídos por alguna forma objetiva… y reconocible. El azar es fértil… pero siempre que haya sido inducido por una «ley», la que sea; siendo la «casualidad» el residuo forzoso de haber sometido un campo a la misma…, a la que, sin duda, deberá seguir rindiendo tributo.

Salvo en los agujeros negros, (y no porque no haya sino porque no se conocen), no hay rincón en el Universo donde no actúe alguna ley. Esto termina por conducir cualquier situación dada hasta un punto en el que no puede resistir más la situación conseguida, saltando a una nueva, de mayor o menor grado, en función de los innumerables vectores que la rodean y condicionan. No es casualidad que una célula de un organismo salte de un estado a otro (un cáncer, por ejemplo); o que un tornillo de un trasbordador espacial se rompa en mitad del despegue. Otro tema es que nadie pueda predecir, todavía, ni una cosa ni otra. Pero sí se puede destacar, frente a lo que podría parecer, que siempre hay alguna ley, o muchas, detrás de eso que llamamos «azar».

En Steve Jobs se reunieron todas las circunstancias; incluido el salto de un estado a otro de sus células.

Volviendo a nuestro autor, para terminar, no me resisto a reproducir, por su belleza, un último enlace que nos lleva a otro sitio, de alguien llamado Ángel, titulado precisamente «AZAR»:

«En 1485, una refriega entre soldados de Al-Ándalus y otros cristianos al mando de un tal Rodrigo Ponce se resolvió con dos docenas de muertos por bando. Tras el combate un soldado sarraceno revisaba los cadáveres del enemigo. Uno aún no era tal y con ojos nublados llegó a ver cómo el otro desenfundaba una hoja de metal. Sus miradas se cruzaron y tal vez el musulmán decidió que ya tenía suficiente o tal vez no era de los entusiastas de la muerte rápida. El caso es que volvió a guardar el terciado y abandonó al herido a su suerte. Una suerte que le permitió recuperarse y, tras la conquista de Granada, tener seis hijos de los que dos sobrevivieron a la infancia.

En el siglo anterior, en 1350, un bisabuelo del soldado vivía en un pueblo de la Alta Normandía. La peste negra asolaba Europa y les rondaba desde hacía tres años. Abélard huyó con su familia atravesando Francia y los Pirineos buscando las tierras más cálidas y acogedoras del Sur. Los bandoleros y el hambre se encargaron de que sólo llegaran él, su esposa y una hija llamada Adrienne. Por el camino se quedó el resto, hasta contar once parientes. Cambió su nombre francés al llegar a Toledo y allí fue cantero, el oficio con el que se había ganado la vida en las interminables construcciones de las catedrales de Rouen y de Metz. Murió en un accidente en la construcción del claustro de la catedral de Santa María pero su hija sobrevivió hasta la nada despreciable edad de 47 años dejando vivos dos varones y una mujer, Juliana, la abuela del soldado castellano.

Un tataranieto de éste participó en la campaña que sofocó a sangre y fuego la rebelión de Bohemia contra Fernando II. Allí se cruzó, aunque él nunca lo supo, con un tal René Descartes que también formaba parte del ejército de la Liga Católica. De su compañía apenas llegaron una docena a España, diezmados más por la enfermedad que por la guerra. Harto de penar en el nombre de nobles y reyes que nunca vio, se estableció en un pueblo en las faldas de la sierra de Francia donde le sobrevivieron tres hijas.

Dos milenios antes la cadena era aún más frágil pero ya estaba muy lejos de su principio, allá en los albores, tan lejanos que los antepasados ni siquiera tenían forma humana. Y hoy, el descendiente de Adrienne y de Juliana, que desconoce su pasado, mira la vida como si no fuera un regalo, sin darse cuenta de que su presencia, y la tuya, que lees estas líneas, y la mía, es un acontecimiento de una absoluta improbabilidad.»

El Helecho de Barnsley:

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