Navas de Tolosa; un poco de cine y de historia

Cuando en otra vida y otro mundo, mi objeto social era el audiovisual en general y el cine en particular, ese idioma universal, una de las misiones fue acompañar el despertar de aquella España, llamada de la «Transición», hacia otros estadios de consciencia no menos ilusorios; pero más acordes con lo que Ortega definiría como «la altura de los tiempos». Así, en la única televisión que por entonces existía, comenzaron a “echar” cosas que, hasta el momento, sólo habían pasado, si hubieran pasado, por la gran pantalla. La divulgación empezó a ser masiva y el vídeo doméstico, vanguardia tecnológica entonces, vivió años dorados en este país. Títulos como «belle de jour», «la charme discrete…», «chien andalou», «christine», «et dieu crea la femme», «la grande illusion», «subida al cielo»… y 200 ó 300 títulos más de la misma calaña, entraron en el tejido neuronal de muchos individuos españoles. No todo era el «Un, dos, tres, responda otra vez». Habrá quienes consideren aquellos tiempos como unos tiempos «estúpidos»… pero claro, dicho desde una España de 2012, después de la deriva que se ha vivido, lo único que puede despertar es la hilaridad (pregunta: «¿derivado de la leche?»; respuesta: «la vaca»…).

Entre los títulos de aquella calaña, siempre hubo uno que me llamó la atención: «birth of a nation», «el nacimiento de una nación». Si se hubiera titulado “el nacimiento del cine”, no habría estado muy equivocado. El rollo, pues así es como siempre se cuenta una historia, va de la guerra civil norteamericana. Como envoltura puede oírse la música de Wagner. Aquella guerra, sin duda, fue un punto de inflexión cuyos efectos aún perduran. Sin embargo, guste o no, han existido muchos puntos de ese tipo; ya desde tiempos de Alejandro. Puntos que, quizás minúsculos, han sido el centro de grandes circunferencias. Al fin y al cabo, los norteamericanos, ya vinieron al mundo con más de la mitad del rollo bajo el brazo. Su historia, en sentido estricto, abarcaría como mucho las migraciones de las tribus indígenas en busca de los bisontes que bailaban con lobos. Y si todos los hombres que luego desembarcaron se hubieran llamado “caballos”, poco más de sí hubiera dado el cuento. Es verdad que en otras cintas se oye hablar de Nación Sioux; pero es o bien retórico o en su sentido étnico. Las cosas, para bien y para mal, todo bueno en gran medida, fueron algo distintas. Los caballos se tornaron de acero, las flechas en cazabombarderos, las “nao” en submarinos, las piedras en misiles.  Jamás ha existido otro modo de parir a una Nación; así cualquier Nación nace… el dolor da paso a la criatura.

¿Qué podría decirse sobre España…? ¿Acaso tendría derecho a decir…? Como Imperio Universal que ha sido, mucho antes que la mayoría de Naciones que vinieron después, no sólo pueden decirse muchas cosas… sino que es de las pocas que puede decir. Sin embargo, poco dice, y mucho lo que se dice, básicamente desde posiciones enemigas; ya sea desde el exterior o bien desde los colaboracionistas domésticos. Hay un extraño interés en romper y hacer añicos la idea que de España o lo Hispánico puede haber. Y la explicación, muy compleja, también es muy simple: hay «miedito». España da miedito; pues es una de las esferas culturales más potentes que pueden existir. Hablar de los innumerables puntos de inflexión que se han dado en estas tierras y que han cambiado la faz de todo el globo, sería un rollo demasiado largo. Así que abreviaremos. Para ello, Pío Moa, viene que ni pintado. Y esta es su película:

Desde la batalla de Alarcos (1195), la sombra almohade no había dejado de crecer y adensarse sobre los reinos cristianos. El sultán Muhammad al Nasir, Miramamolín para los cristianos, llamó a la yihad con vistas a recuperar la península y proseguir hasta la misma Roma. Reunió al efecto unos 120.000 soldados andalusíes, magrebíes y de otros países, arqueros turcos, etc., más una nutrida caballería cuya destreza ya habían probado los cristianos en su carne. Planteó la batalla crucial aguardando a sus enemigos en el paso del Muradal o Despeñaperros, adonde esperaba llegasen los cristianos exhaustos tras la dura marcha desde Toledo.

Alfonso VIII, auxiliado por el arzobispo de Toledo Rodrigo Jiménez de Rada, relevante intelectual e historiador, buscó alianza con los demás reinos hispanos y pidió una cruzada al papa Inocencio III. En un supremo esfuerzo reunió así a unos cien mil hombres de los nobles, milicias urbanas, órdenes militares y transmontanos (unos 30.000, franceses la mayoría, que irritaron a Alfonso al saquear la judería de Toledo y matar a muchos hebreos). Navarra y Aragón se le unieron, no así los reyes de León y Portugal, aunque dejaron ir por su cuenta a tropas leonesas, gallegas y portuguesas. El ejército avanzó en verano de 1212 bajo un sol implacable y tomó Malagón, donde los ultramontanos pasaron a cuchillo a los moros. Para su disgusto, Alfonso dio un trato más justo a los vencidos en Calatrava, y los extranjeros, indignados, volvieron grupas, saqueando de paso las juderías y dejando harto mermadas las huestes cristianas.

El ejército, mal abastecido y con un calor agobiante, avistó a los almohades el 13 de julio en las Navas de Tolosa, al sur de Despeñaperros. Debía cruzar el desfiladero de La Losa, empeño suicida pues lo guardaban bien los moros, que retrasaban el choque para aumentar las penurias cristianas. Alfonso temió que demorarse buscando un paso mejor provocaría deserciones masivas. En tal dilema, un pastor lugareño indicó a Diego López de Haro, señor de Vizcaya, un paso fatigoso pero desguarnecido (Paso del Rey), y los españoles pudieron acampar cerca del enemigo. El 16 de julio tuvo lugar la batalla, la mayor hasta la fecha en la península. A López de Haro, jefe de la vanguardia, le rogó su hijo: «Padre, que lo hagáis de modo que no me llamen hijo de traidor, y que recuperéis la honra perdida en Alarcos». Replicó López: «Os llamarán hijo de puta, pero no hijo de traidor». Los ritos habituales, entre los cristianos, la misa y la absolución, calmaron la angustia de los soldados, aguda antes del combate en que exponían la vida y la seguridad de su patria y sus familias, hasta liberarse en la carga al grito de «¡Santiago!».

Un primer choque dejó a los hispanos en posición difícil, y el rey castellano dijo al arzobispo de Toledo: «Vos y yo aquí muramos». Pero los tres monarcas, es decir, él mismo, Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra, cargaron con caballería pesada y rompieron las líneas enemigas. Parecen haber sido los navarros quienes primero alcanzaron la tienda de Miramamolín, superando las cadenas que le rodeaban (por esa gesta, las cadenas pasaron al escudo de Navarra), y entre todos acabaron con los defensores. Los moros se desbandaron, ofreciendo a los cristianos una fácil carnicería. Los vencedores tomaron provisionalmente Baeza y Úbeda, donde masacraron a la población, pues los clérigos condenaron las negociaciones con el enemigo.

Por entonces hacía estragos el hambre en España, lo que impidió explotar a fondo la magna victoria. Aun así, ella fue decisiva, culminando el proceso abierto por la crucial, aunque pequeña, de Covadonga, cinco siglos antes. De haber vencido los islámicos, la barrera castellana se habría hundido, con efectos incalculables. […]

[Pío Moa, «Nueva historia de España», La Esfera de los Libros, 2010, Págs. 278 y ss.]

Esos «efectos incalculables», aun siendo incalculables, de alguna manera quizás grosera se podrían medir. Pero no aquí; pues sólo se ha querido contar un pequeño rollo y remarcar otro punto que acaso posibilitó el nacimiento de innumerables naciones… empezando por la propia España, nacida frente al Islam y, ya puestos, hasta la norteamericana. Si tales cosas les hubieran sucedido a ésta, a buen seguro que con o sin Wagner que, la verdad, poco pinta en esta historia, habrían hecho la mejor película de todos los tiempos.

Se enseña que si Napoleón hubiera muerto siendo teniente, otro teniente habría llegado a ser Emperador. No se niega. Si un Alfonso hubiera muerto, otro Alfonso habría rematado la faena. Los procesos históricos, sin duda, son irreversibles. No sólo por los hechos en sí, que nadie los puede cambiar, sino por la propia corriente que los hace desembocar en esa otredad. Sin embargo, de lo que ya no estoy tan seguro, es sobre cómo habrían sido las cosas sin la idea de España. Pregunta: «¿Un derivado de los huevos…?»; respuesta: «España»… (sin perjuicio de que no sólo de huevos vive el hombre…)

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